Hace poco una enfermedad le obligó a pararse y cuando estaba convaleciente y no podía distraerse con otras cosas, finalmente tuvo tiempo para analizar detenidamente algunos aspectos de su vida y darse cuenta de que necesitaba cambiar algunas cosas que le estaban minando las fuerzas.
Me confesó que no ha sido la primera vez que un golpe súbito en su vida le hizo darse cuenta que necesitaba urgentemente un cambio en algún aspecto y estaba agradecida que le pararon los pies para tomar conciencia.
En muchas ocasiones una supuesta desgracia sucede para “salvarnos” de algo peor, sin embargo me hago la pregunta de como se puede evitar llegar a tales extremos y estar más atentos a las señales que la vida nos envia.
¿Quien no ha experimentado como una situación limite le sacude hasta los cimientos y le quita de golpe la venda de los ojos que le impedía ver las cosas tal como son?
Hay bastantes maneras con la que la vida nos puede sacudir y casi siempre es algo que nos toca profundamente a nivel emocional, tanto que ya no podemos seguir engañándonos por más tiempo.
Confieso que yo misma me he visto más de una vez en circunstancias nada favorables, sin embargo durante bastante tiempo trataba de convencerme de que en realidad aquello no estaba tan mal.
En las esas situaciones, hay dos maneras muy habituales de reaccionar: O perderse en un torbellino de actividades y distracciones o resignarse y seguir como si no pasara nada, aunque interiormente la tristeza vaya en aumento.
En realidad ni una ni otra nos llevan a ninguna parte y solo prolongan algo que ya está agonizando.
Es cierto que la vida no deja de enviarnos señales para despertarnos. Si va pasando demasiado tiempo sin que hagamos nada para buscar una salida, entonces la vida misma nos obliga a hacer esos cambios que no estábamos dispuestos a hacer por nuestra cuenta.
Tenemos libre albedrío y somos libres de elegir quedarnos quietos y no avanzar, pero si no reaccionamos durante mucho tiempo, entonces es nuestra inteligencia espiritual o alma la que acude a nuestro rescate, aliándose con el universo para ayudarnos a tomar conciencia.
Esto es algo reconfortante, aunque se presente con un disfraz feo como un accidente, una enfermedad, un abandono, un engaño, una perdida, etc. que nos saca de nuestra zona de confort.
¿Qué es lo que nos lleva a no reconocer que lo que estamos viviendo no nos hace felices, sino más bien nos hace daño?
Está claro que puede haber varios motivos, sin embargo muchas veces se resumen en una gran verdad: que la vida que llevamos no se ajusta a la imagen idealizada que nos habíamos hecho, basada en unos valores de perfección.
La sociedad actual nos vende que en la vida hay que ser un ganador, tener éxito en el trabajo, tener una pareja o familia estupenda, corresponder a unos cánones de belleza imposibles y tratar de ser eternamente jóvenes y llenos de energía.
Es obvio que se trata de algo utópico que no corresponde a la singularidad de cada persona con sus propias características y necesidades, que además van cambiando con el paso del tiempo.
¡Date cuenta de que querer corresponder a un ideal de perfección te limita enormemente!
Ya es hora de liberarte de estas cadenas y darte permiso para ser tú mismo/a.
Busca tu propio lugar en el mundo, aunque eso no guste a todos y convencete de que no pasa nada si decides cambiar tu carrera, profesión o el estilo de vida que escogiste anteriormente, porque ya no te llenan. Tampoco tienes que sacrificarte para salvar un matrimonio o una pareja que solo te resta felicidad.
Convencete de que nunca se es demasiado mayor para empezar de nuevo e ir en busca de los sueños enterrados para cumplir con las expectativas de otros o para corresponder a una falsa imagen de vida perfecta.
Si tienes hijos, es normal que son muy importantes para ti, pero si ya son mayores deben volar, vivir sus propias experiencias, cometer sus errores y responsabilizarse de su propia vida, mientras que tú tienes todo el derecho de vivir y disfrutar de la tuya propia.
Si quieres evitar que la vida te tenga que sacudir bruscamente y mandarte un aviso que no puedes ignorar, empieza a prestar más atención, estar más consciente y conocerte a fondo. Así sabras lo que necesitas para llevar una vida plena y evitar quedarte atascado/a en situaciones que te producen angustia, agobio o aburrimiento.
En caso de que tu solo/a no encuentras la fuerza para realizar los cambios necesarios, no esperes a que la vida te tumbe y ve a buscar ayuda a tiempo.
Por mucho que intentes distraerte y no pensar ni sentir, creyendo que la vida no te puede ofrecer otra cosa y que no te mereces ser feliz, hay algo en ti que no se deja engañar, que espera pacientemente a que recapacites y te reconectes con tu sabiduría interior.
Es la sabiduría universal y eterna que habita en ti y en todo, la que reacciona cuando tú ya has tirado la toalla y te envia algo que te obliga a detenerte y tomar conciencia.
Es fabuloso que la vida dé nuevas oportunidades, pero también significa que todavía no se ha asumido el papel de ser humano adulto sabe discernir y producir los cambios necesarios por su cuenta, sin que sea necesaria una intervención desde fuera.
Esta puede ser la última oportunidad de asumir nuestro poder y responsabilidad para producir los cambios necesarios, antes de que la tierra se vea obligada a tomar reacciones drásticas.
La respuesta a la pregunta del titulo de este artículo es que las sacudidas siguen siendo necesarias para sacarnos de nuestra zona de confort, mientras que no asumamos nuestra responsabilidad de seres humanos conscientes y reconozcamos nuestro poder para crear nuestro propio destino y el del mundo entero.
Artemisa, Atenea y Hestia pueden valorarse como arquetipos definidos en sí mismos. Sus aspectos pueden coexistir en el interior de la misma mujer junto con otros arquetipos, y representan los tres estadios de la vida de una mujer. Artemisa es la más joven. La práctica y competente. Atenea, la diosa que nunca perdió la cabeza ni el corazón, es una personificación del adulto sensato. La silenciosa y centrada Hestia se confunde con el papel de la mujer sabia y de anciana bruja en sus últimos años. Estos arquetipos pueden existir simultáneamente en cualquier mujer durante toda la vida, o pueden destacar como importantes en un estadio determinado de la vida.
Las diosas vírgenes (y en este contexto no nos referimos a la virginidad física; pues el arquetipo de diosa virgen de la mitología griega representa esa parte de la mujer que no pertenece a un hombre, que no la mueve a necesitarlo ni a recibir su aprobación) son inmunes a Afrodita y a Eros. Eso es lo que las hace únicas. Nadie más, fuera deidad olímpica o mortal, podía resistir las flechas de Eros. Sin embargo, las mortales en las que estos arquetipos están activos no son inmunes. Cuando se enamoran, los arquetipos de Artemisa, Atenea o Hestia acusan su influencia.
Sin embargo, la mujer no es lo mismo que el arquetipo, y puede amar profundamente. No se enamorará con tanta facilidad o inconsciencia como las mujeres con el arquetipo predominante de Afrodita o las tres diosas que caracterizo como vulnerables: Hera (diosa del Matrimonio, arquetipo de la esposa), Deméter (diosa del grano, arquetipo de la madre), y Perséfone (hija de la madre), que fue secuestrada y llevada al inframundo. Si resalta en ellas el arquetipo de una en sí misma, estas mujeres son menos propensas a proyectar la expectativa de ser satisfechas, rescatadas, cuidadas o verse realizadas por el hecho de tener un cónyuge, un hijo o un amante. Los otros arquetipos pueden activarse; como sucede cuando el deseo de tener un bebé surge en una mujer que anteriormente se centraba en su trayectoria profesional, en su carrera o en vivir aventuras (uno de los significados de la tercera manzana de oro que Atalanta recogió, permitiendo que Hipomenes ganara la carrera). Cuando esforzarse para ganar o destacar pierde importancia, los cambios en el mundo interior y las elecciones en el mundo exterior no cambian.
El deseo de establecerse, de tener un hogar o un marido/una pareja o un bebé, es un deseo que puede fluctuar, y que es más fuerte durante las fases de progesterona (segunda mitad) del ciclo menstrual de la mujer. Cuando los arquetipos de la diosa virgen son fuertes, la mujer difícilmente se dejará llevar por el anhelo de lo que no posee. Puede que esté casada, o que se case más de una vez. Quizá nunca se case; puede seguir siendo virgen; puede tener incluso muchos amantes. Puede tener hijos y quererlos muchísimo; pero, como no necesita ser madre para dar sentido a su vida, les ayuda a crecer, en lugar de criarlos dependientes de ella.
Las mujeres en las que predominan las diosas vulnerables y Afrodita –a la que coloco en una categoría propia como la diosa alquímica– descubren que sus relaciones son fuente tanto de significado como de sufrimiento. En sus mitos, las diosas vulnerables están dominadas, secuestradas, son violadas, están deprimidas y obsesionadas, propensiones que comparten las mujeres en las que estos arquetipos están más activos. En contrapartida, es más probable que sean Artemisa y Atenea quienes provoquen que los que se preocupan por ellas se sientan rechazados o insignificantes, sobre todo si, como Atalanta, no tuvieron madre y tuvieron que criarse solas la mayor parte del tiempo.
La consistencia del amor no es algo que estas mujeres conozcan muy bien, por eso no pueden ofrecerlo a los demás hasta que aprenden empatía y compasión. A menudo necesitan ser vulnerables porque se han vuelto completamente dependientes en un momento u otro de sus vidas (tras un accidente, por ejemplo, o por bajar gradualmente la defensa cuando aprenden a confiar en alguien que las ama). Hasta entonces pueden ser como sirenas: la imagen descriptiva que da Esther Harding de las mujeres atractivas, que parecen atraer a la gente por instinto y que, sin embargo, se muestran emocionalmente insensibles cuando los otros reaccionan (Los misterios de la mujer: simbología de la luna, 1973). Las sirenas son criaturas mitad mujer –cálidas y atractivas– y mitad pez –impersonales y de sangre fría.
La intensidad de su implicación en algo subjetivamente importante para ella puede hacer que Artemisa sea inaccesible para sus íntimos, que esperan de ella más constancia. Como la naturaleza salvaje del bosque, puede darse en ella cierto matiz esquivo del estilo «nada por aquí, nada por allá». Puede ser muy real y estar presente en un momento dado, pero luego desaparece, y no se sabe nada de ella durante largos períodos de tiempo. La no presencia de Atenea es de una clase distinta, que también puede ser difícil para los que la aman o quieren más de ella. Atenea los abandona recluyéndose en su cabeza. Mientras su mente trabaja en algo, puede pasar horas en su despacho junto al ordenador, en el laboratorio o en el terreno donde se encuentre su proyecto. Puede localizársela físicamente, algo que quizá es una constante, pero eso no basta si su atención es lo que se desea.
Por lo contrario, la cualidad vinculada a Hestia es la introversión. Hestia se siente satisfecha en los lugares pacíficos –y a menudo sagrados– que crea. Ahora bien, aunque es fácil estar con ella y suele ser cálida, no es fácil conocerla, pues no comparte mucho sobre sí misma; no porque sea retraída, sino porque es así. Cada una de estas cualidades vinculadas a diosas vírgenes forman parte de un patrón arquetípico, y las mujeres que personifican estos rasgos son fieles a sus arquetipos. El resultado es que lo que hacen tiene sentido para ellas, aunque apenas lo tenga para aquellos que «quieren más de ellas» o una relación más íntima.
¿Y tú, que diosa llevas dentro?
Mtra.en Psicoterapia Tania Zepeda






